Carlos Parry, Head of Government de AstraZeneca, Director Fundación AstraZeneca y socios de APRI

La semana pasada tuve el honor y el privilegio de poder compartir experiencias y reflexiones con los compañeros del grupo de APRI Salud. Fue el primer el encuentro de la asociación después de dos años y podernos ver las caras en personas fue emocionante y gratificante.

Aprovechando la invitación de la coordinadora, Adriana Bonezzi, a la que le agradezco enormemente la oportunidad, quise compartir algunas ideas en base a mi experiencia en el sector salud, tanto desde el sector público como el privado.

Sin querer sentar cátedra ni querer ser pretencioso en ningún momento, simplemente con la voluntad de contribuir al debate que estamos viviendo en estos momentos sobre la regulación y la necesaria profesionalización de nuestra actividad como profesionales de las relaciones institucionales.

Como ya sabéis, creo firmemente en la importancia del trabajo del profesional de las relaciones institucionales.

He trabajado mucho tiempo en el sector público porque creía que desde ahí se podía trasformar la sociedad en la que vivimos, hasta que me di cuenta de que desde el sector privado se puede hacer también y mucho mejor.

El haber estado al otro de la mesa me da una visión a veces de las cosas que suele ser útil para interpretar los tiempos y las reacciones. Porque, al final, nosotros hacemos política desde el otro lado de la mesa y es fundamental que entendamos como los políticos marcan los tiempos para saber cómo van a reaccionar.

Es importante que tengamos claro cuál es nuestro papel como responsables de relaciones institucionales dentro y fuera de la empresa. Porque tan importante es proyectar nuestro trabajo hacía fuera como explicar internamente qué hacemos y cómo podemos ayudar a nuestras organizaciones a lograr cumplir con sus objetivos.

Somos profesionales de las relaciones institucionales y tenemos capacidad para generar relatos y estrategias. No somos meras agendas de teléfono con patas.

Tampoco somos los del “bla, bla, bla”, somos profesionales con capacidad analítica y de entender el contexto en el que operamos.

Hay que reconocer que normalmente de comunicación y public affairs parece que sabe todo el mundo, pero no es así. Pero nosotros tenemos que ser capaces de demostrar el valor que aportamos a través de análisis y la definición de estrategias que aporten valor a nuestras empresas.

¿Qué diferencia a un profesional de las relaciones institucionales de uno que no lo es? El método.

A través del método estamos aportando valor a nuestras organizaciones. Un método basado en realizar un buen análisis de contexto, definición de aliados o aquellos que jugarán en contra, concreción de objetivos viables, elaboración de mensajes para generar engagement, establecer outputs concretos de cada una de las acciones y, lo más importante, basar todo esto en la empatía. Sin empatía no habrá estrategia que valga.

La empatía es la guía básica de nuestro trabajo, siempre tenemos que ponernos en el lugar de nuestro interlocutor.

Pero si la empatía es importante, no lo es menos la transparencia. Nuestra profesión goza muchas veces de una reputación negativa por la falta de transparencia. Transparencia es confianza.

Debemos y necesitamos empujar por una regulación en España que impulse la transparencia de nuestro trabajo, para así poder trabajar en mejores condiciones y profesionalizar de una vez por todas nuestra labor en España.

Sigamos trabajando para transformar nuestra sociedad a través de nuestro trabajo diario y de la colaboración público-privada.

Diego Bayón, Director Advocacy & Public Awareness en Harmon y vocal de la Junta Directiva de APRI

Carlos Parry, Government Affairs Head de AstraZeneca, Director Fundacion AstraZeneca y socios de APRI

El papel de las relaciones institucionales y los asuntos públicos ha ido adquiriendo mayor relevancia durante los últimos años en España, lo que ha derivado en que comience a regularse en distintos ámbitos, así como en una mayor profesionalización de la actividad. Ahora mismo, nos encontramos en un momento histórico de desarrollo de nuestro trabajo: cada vez somos más los que nos podemos dedicar a esta profesión, y eso nos debe empujar a poder ir trazando entre todos el camino a seguir para que nuestro trabajo sea cada vez más reconocido.

Seguramente no vamos a descubriros nada nuevo. Pero, en un contexto de creciente escrutinio a nuestra actividad, tanto los nuevos profesionales que se incorporarán a la práctica de esta actividad en los próximos años, como los profesionales que estamos en activo, debemos responder a una serie de cualidades, que hemos resumido de forma breve. Porque a veces es bueno que nosotros, los que nos dedicamos a las relaciones institucionales, hagamos un análisis de cuáles son nuestras cualidades, para analizar nuestros ámbitos de mejora e invertir en desarrollarlos.

  1. Empatía: Es la clave de toda relación humana. El éxito de cualquier relación está en la capacidad de escucha y de ponerse en el lugar del otro. A través de la empatía podemos adaptar nuestras estrategias y nuestro relato a las prioridades de cada una de las audiencias a las que necesitamos dirigirnos.
  • Visión estratégica y metodología: Construir una estrategia que aglutine las actividades existentes, viendo más allá de cada proyecto, y ser capaz de unir todo bajo un relato único orientado a la búsqueda del interés general, es clave en nuestro trabajo. No basta con una buena agenda de contactos. El mayor reto no es conseguir una reunión institucional, si no determinar qué mensajes queremos trasladar, cómo y a quién, para ser capaces de contribuir al debate y a la elaboración de las políticas públicas. Para todo ello, la estrategia es fundamental: si no sabemos ver a dónde queremos llegar, difícilmente lograremos construir una historia de éxito.
  • Conocimiento del sector público: Para que las propuestas que defendemos formen parte de la agenda pública es importante conocer bien los procesos de toma decisión, las distintas herramientas que usan los decisores institucionales en su día a día, o los distintos actores que intervienen en la elaboración de la regulación, desde el ámbito legislativo al ejecutivo.
  • Comunicación eficaz: Como en la vida, lo que no sabes comunicar no existe. Para tener impacto con nuestro trabajo, resulta fundamental conocer bien cómo funcionan los medios de comunicación y la configuración de la opinión pública, saber expresarse de forma clara y sintética de forma oral y escrita, o dominar los distintos canales y formatos de comunicación que existen para elegir los más adecuados en función de la audiencia y el mensaje.
  • Principios éticos: La transparencia y la honestidad son clave para lograr establecer y desarrollar relaciones profesionales a largo plazo y superar cualquier desafío que podamos encontrarnos. Actuar con valores es la base para tener confianza con nuestros interlocutores, especialmente en un trabajo sensible como el nuestro. Por ello, en APRI contamos con un estricto código de conducta que todos los socios estamos obligados a firmar y cumplir para poder ser miembros de la asociación.
  • Adaptación al cambio: Nuestro oficio está pegado a la actualidad y depende en gran medida de la actividad política, por lo que cualquier estrategia puede cambiar en unas horas en función de las agendas institucionales, las prioridades políticas, el ciclo informativo o la percepción pública. Además, las prioridades de negocio o los objetivos de nuestra organización pueden variar también. Por todo ello, siempre hay que estar preparado para reaccionar de forma ágil y para reorientar nuestro plan de acción.

Seguramente hay más cualidades que debamos tener en cuenta, pero estas nos han parecido clave para realizar nuestro trabajo con profesionalidad y garantizar que cada vez sea más reconocido por la sociedad.

Alicia Azaña, Gerente de la Asociación Nacional de Empresas Socioculturales y socia de APRI

JFK decía que “La ignorancia de un votante en democracia perjudica la seguridad de todos”, yo pienso que la ignorancia de un político sobre una materia que desconoce perjudica la seguridad de todos, si además pretende bien intencionadamente regularla sin escuchar a los que saben de ella, estamos ante una temeridad.

La toma de decisiones, aunque responsabilidad individual de aquellos políticos, a los que con nuestro voto delegamos la capacidad de administrar nuestra sociedad y normas de convivencia, no impide que ésta sea lo más transparente posible y abierto a la participación activa de los ciudadanos.

El camino hacia la regulación de un Lobby profesional transparente y ético, parte en nuestro país de los inicios constitucionales, mucho ha llovido desde entonces, y a pesar de la profusión legislativa que la democracia trajo consigo, sucesivamente hemos ido relegando la regulación de un sector profesional al que se ha mirado bajo la lupa de la sospecha.

Nada más lejano a la realidad, ya que se compone de buenos profesionales que aportan información y expertisse a los reguladores en la materia que le es afín, para que nuestras leyes, reglamentos y regulaciones sean lo más eficaces y eficientes.

La sola presencia de España en escenarios multilaterales y su incorporación a la UE ya hubiera requerido de una regulación al respecto, para caminar acompasados a otros países de nuestro entorno, ya que cualquier político encargado de legislar debe contar con la mayor información, no sólo la que les facilitan sus asesores, sino aquella que pueden proporcionarle empresas, grupos de interés y sector, para conocer los inputs necesarios que deberá establecer en la reglamentación de una materia concreta y dimensionar el impacto que causará en los ciudadanos y en el conjunto de la sociedad.

Cuanto más completa sea esta información, menor posibilidad de error y parcialidad.  El lobby por tanto sirve como herramienta imprescindible para administraciones, empresas y grupos de interés, al proporcionar al legislador toda la información necesaria para regular en el buen camino, acompañándole si es preciso, para que pueda actuar de forma acertada.

Este caudal de información veraz, ha de proporcionarse de manera profesional y transparente, no sólo con un Registro de “quien recibe a quien y para que, y cuál es el destino del presupuesto que maneja en esa área” o un Código de Conducta de nuestros Diputados y Senadores, es además conveniente aplicar, el lema germánico de que “todo aquello que no está permitido, queda rigurosamente prohibido”.

Y eso es precisamente lo que se ha aplicado en la Unión Europea, desde 2011 el Registro de Transparencia identifica a todo aquel que se relaciona con miembros de sus organismos, bien sea Parlamento, Comisión, o Consejo de la Unión _incorporado en diciembre de 2020_ a nivel de Diputado, funcionario o alto cargo.  Cuenta con 6 categorías y 12.606 registrados _ datos del último informe 2020_,  de los que sólo el 6% son españoles, frente al 18% belgas, 13% alemanes, 10% franceses u 8% británicos.

Aunque la inscripción al Registro es voluntaria, se cuenta con una serie de ventajas que la hacen recomendable, tales como: accesos de larga duración a las instituciones, realizar intervenciones como oradores en audiencias públicas, suscribirse a notificaciones electrónicas, apoyar actividades de las agrupaciones no oficiales del Parlamento, o solicitar el patrocinio del presidente del Parlamento.

En el caso de la Comisión Europea es obligatoria la inscripción en el Registro para poder reunirse con miembros del gabinete, directores generales o jefes de servicio y se revisa su inscripción en el caso de solicitar contacto con otros funcionarios, se les notifican automáticamente consultas públicas y hojas de ruta de las materias de su interés o pueden ser nombrados miembros del grupo de expertos, o solicitar patrocinio de la Comisión.

El Registro de Transparencia cuenta con una Secretaría Común encargada de la gestión (asistencia técnica y control de calidad del mismo) y que recibe alertas (errores en materia de Registro) y denuncias de terceros (alegaciones sobre un supuesto incumplimiento del Código de conducta). Resulta de igual interés la formación que se presta a funcionarios sobre como tratar a los grupos de interés.

En España debiéramos inspirarnos en estas herramientas de la UE, algunas administraciones autonómicas y locales ya cuentan con Registros similares, tales como el del Ayuntamiento de Madrid, es capital extenderlos por toda nuestra geografía, y que culmine la regulación a nivel nacional que ya parece inminente.

Carlos Parry, Head of Government Affairs de Astrazeneca España y socio de APRI

Gracias de nuevo a APRI por darme la oportunidad de poder compartir una breve reflexión con los compañeros que nos dedicamos, con pasión, a transformar las sociedades de las que formamos parte, a través de nuestro trabajo, como profesionales de las relaciones institucionales.

En los últimos meses, hemos tenido buenas noticias los profesionales de las relaciones institucionales en España con el inicio del proceso legislativo para regular nuestra actividad, por ser una pieza clave en el camino a seguir profesionalizando la actividad que desarrollamos.

Aunque el proceso legislativo no es la única vía para seguir avanzando, ya hemos dado grandes pasos, en los últimos años, con iniciativas tan importantes como la creación de APRI o la firma de todos sus socios del código de conducta que nos compromete con una forma de actuar transparente y ética.

Hasta aquí bien, pero aún nos queda mucho camino por recorrer y poder decir que hemos llegado donde queríamos llegar. En España seguimos estando a años luz, si lo comparamos con el reconocimiento y la regulación de los lobbies en Bruselas o Washington.

En nuestro país sigue predominando esa visión de que un buen profesional de las relaciones institucionales es aquel que tiene una super agenda de contactos, y todavía sigue habiendo muchas personas que así se venden. Pero en este sentido, me vais a permitir decir que, en mi modesta opinión, es un gran error que puede lastrar nuestra imagen y nuestra profesionalidad.

Es importante tener una buena agenda de contactos, por supuesto, pero no solo para un profesional de las relaciones institucionales, también lo es para un CEO, un DIRCOM o cualquier función estratégica de una empresa. Pero no solo podemos ser valorados por nuestra agenda, ya que eso nos limita a quién podemos llamar o ver para hacerle llegar nuestro propósito.

La clave está en la estrategia, en definir claramente el objetivo de nuestra labor en el que proyecto laboral en el que estamos inmersos. Es la base que determinará nuestra influencia y poder transformador. Porque sin una estrategia que nos permita definir a qué publico queremos dirigirnos, quienes van a ser nuestros aliados o simplemente, un buen mensaje, no vamos a lograr nunca ninguno de nuestros objetivos.

El mundo está en un proceso de transformación constante, los cambios incluso en el poder cada vez más frecuentes, y la agenda va perdiendo su valor. Estamos en el momento de la estrategia, ese es realmente nuestra contribución y valor.

Esta es una reflexión que quiero compartir con vosotros y quiero hacer en voz alta, porque en gran parte de la percepción que se tiene de nosotros solo la podremos cambiar con nuestro trabajo. Nosotros somos responsables de lo que vendemos como valor añadido.

Hace unos meses en este mismo foro publique otro artículo en el que explicaba el valor añadido que aportábamos a nuestras empresas, es necesario más que nunca que seamos conscientes de que con nuestro trabajo y nuestro buen hacer podemos ayudar a nuestras empresas, pero también podemos ayudar a profesionalizar nuestra labor.

Y esta profesionalización debería ser parte de nuestro propósito diario para que además de valorar nuestra experiencia o nuestra capacidad de relacionamiento, seamos valorados por nuestra visión estratégica.

Sin visión estratégica no hay éxito.

Victoria Troyano Fernández, Responsable de Comunicación y Asuntos Públicos de la Asociación Europea del Cáñamo Industrial (EIHA)

Empezaré este artículo con una palabra: cannabis.

Ahora, escribid en un papel, o en cualquier soporte digital que tengáis a mano, las tres primeras ideas o imágenes que os haya evocado este término.

(…)

Bien. He hecho este mismo ejercicio con familiares y amigos, pero en este caso el sujeto del experimento ha sido lobby. Os enumero a continuación las respuestas que más se han repetido:

Grandes empresas, corrupción, influencia, intereses, presión, dinero, políticos.

Me atrevo a imaginar que, en el caso de cannabis, algunos de los términos ganadores incluyen planta, droga o marihuana, y que pocos (o quizá ninguno) habréis escrito sostenibilidad, agricultura o medioambiente, al igual que durante mi humilde experimento casero no recibí ningún Whatsapp con las palabras proceso democrático, regulación o transparencia.

Surge entonces la siguiente pregunta: ¿qué razón nos lleva a escribir unos términos y no otros? Una posible respuesta es que pensamos mediante marcos. Parafraseando al lingüista cognitivo George Lakoff, un marco sería una estructura mental que determina la manera que tenemos de percibir y entender la realidad. Los marcos están formados por ideas, que a su vez se transmiten mediante el lenguaje. Algunos, como los que envuelven los términos que he usado como ejemplo, están fuertemente arraigados en lo que Lakoff llama nuestro «inconsciente cognitivo». Esto quiere decir que, al oír, leer o pronunciar una palabra, nuestra mente automáticamente evoca toda una serie de conceptos. Dicho esto, si quisiéramos inducir a pensar de forma diferente, deberíamos empezar por cambiar el modo en que comunicamos.

El hecho de haber empezado este artículo escribiendo cannabis no ha sido casualidad ni provocación. Trabajo en el sector del cáñamo industrial, y a diario me encuentro ante la dificultad (añadida) de defender los intereses de un sector que, pese a tener un gran potencial medioambiental, agrícola y económico, evoca mapas mentales nada favorables para que, por ejemplo, nos reciba un eurodiputado o iniciemos un diálogo con un grupo de interés sin percibir un halo de incomodidad que traspasa hasta la pantalla del ordenador.

Al objeto de investigar la influencia de los marcos mentales en la práctica de los asuntos públicos, empecé a analizar la manera en que comunicábamos, desde una nota de prensa, hasta un correo electrónico o una conversación virtual.  Comprobé entonces que repetíamos frases como «El sector está condicionado por leyes injustas que prohíben (…)» o «Es irracional que se discrimine el cáñamo frente a otros cultivos», entre otras. En mi opinión, este lenguaje transmite las siguientes ideas: ‘víctima’, ‘agresividad’ y ‘prohibicionismo’, que no hacen más que reforzar el mapa mental negativo de cannabis. Entonces me pregunté, ¿son estos los marcos que queremos activar en nuestro interlocutor a la hora de construir un diálogo?, ¿qué pasaría si adoptáramos la estrategia contraria y enmarcáramos las mismas ideas con un lenguaje diferente y menos «reactivo»? Por ejemplo: «El sector requiere una regulación adecuada que posibilite (…)» o «Pedimos una igualdad de condiciones para el cultivo del cáñamo».

Podemos advertir (evidentemente, esto es un análisis preliminar y un par de ejemplos no son suficientes para comprobar una hipótesis) que, efectivamente, las palabras que usamos para enmarcar la idea que queremos comunicar pueden determinar que en la mente de nuestro interlocutor se active un mapa mental u otro, y esto debería tenerse en cuenta a la hora de hacer lobby, especialmente cuando « no jugamos en casa», algo que puede suceder a menudo.

Por último, también observé que, conscientemente, evitábamos usar la palabra cannabis, favoreciendo el término cáñamo, probablemente por intentar suavizar el «efecto recelo» de nuestro oyente. Entonces tomé consciencia de que me sucedía lo mismo a la hora de utilizar la palabra lobby, la cual sustituyo a menudo por asociación. Imaginad que digo que trabajo en el «lobby del cannabis» en lugar de en la «asociación del cáñamo industrial», genera un efecto distinto, ¿verdad? Sin embargo, estoy diciendo prácticamente lo mismo. Esto me lleva a pensar si deberíamos abogar por mantener un lenguaje más «políticamente correcto» como podrían ser asociación y cáñamo en detrimento de lobby y cannabis (por seguir con nuestros ejemplos), o si tendríamos que defender una actitud más «purista», llamar a las cosas por su nombre, y transformar el marco «desde dentro» a través de la forma en que comunicamos nuestros intereses. Dejo la cuestión abierta, y os animo a reflexionar sobre cómo influyen los marcos conceptuales en vuestro día a día como profesionales de las relaciones institucionales.

Adriana Bonezzi, Coordinadora del Grupo de Trabajo APRI Salud

Cuando en 2019 creamos el grupo de APRI Salud jamás pensamos que podíamos vivir algo así. Por un lado, el aumento de asociados comprometidos con la salud y la visibilidad de la defensa de los asuntos públicos o relaciones institucionales.

Por otro, la pandemia global que ha conseguido parar al mundo en 2020. Covid 19 vino para cambiar nuestras vidas, para siempre.

El 2020 ha colocado firmemente la salud en el centro de los valores sociales, incluida la equidad, la solidaridad y la participación ciudadana, además de visibilizar el dolor y sufrimiento compartido de todos.

Empezamos con la idea de juntar a los profesionales de las relaciones institucionales, los asuntos públicos o el lobby que se ocuparan de salud, no entendida como “sanidad”.

Siendo experta en derecho sanitario, veo las sinergias de todos los entornos que se juntan en el paciente como centro, los profesionales sanitarios, las administraciones, las asociaciones…pero esa “salud” nos afecta a todos. Todos somos potenciales pacientes. Eso creíamos.

Cuando la ola de la pandemia llegó, nuestras vidas se detuvieron. Algunas para siempre, desgraciadamente. Otras, unos meses. Otras, apenas fueron conscientes de los inevitables cambios empresariales, sociales, políticos, administrativos que llegaban…para quedarse…

Colaboración socio – sanitaria, dignidad de los mayores, el proyecto del Hospital de Ifema, gestión de crisis sanitaria desde la perspectiva de la administración, comunicación sanitaria en tiempos de crisis, las necesidades de los pacientes, el impacto bioético de las vacunas o los conflictos jurídicos sanitarios fruto de la pandemia fueron sólo algunos de los temas que hemos afrontado con ponentes expertos a lo largo del año pasado.

Tras un año en el que esperábamos ver la luz al final del túnel, seguimos viviendo con restricciones a la libertad, pero velando por la salud pública. Queda mucho por hacer y por re- decorar.

Los retos que tenemos en el año cero son: afrontar las secuelas que deja la pandemia: la financiación del sistema sanitario, el impacto en la salud mental de todos (mayores y niños también), la necesaria adaptación   – constante – de las administraciones públicas que deben – cada día más – escuchar a los administrados o ciudadanos.

Cada vez el perfil institucional es más necesario, cada vez más profesionalizado en empresas, en asociaciones, foros… (no va sólo de contactos); conectamos personas, creamos proyectos mediante la transparencia, la ética, la responsabilidad, la regulación de la profesión y la integridad generando un valor activo en la sociedad.  Necesitamos ahora el respeto de todos para con nuestra profesión.

Te animo a que te sumes a nuestro grupo y aportes tu granito de arena.

Angela Medrano, Communication & Marketing Manager de Gestión de Activos Turísticos y socia de APRI

En tiempos de pandemia y cuando el distanciamiento social es más familiar en nuestras vidas que nuestra propia familia, estoy segura de que muchos de nosotros nos encontramos en un proceso de revisión personal y profesional. 

Uno de esos cuentos sufís que tanto gustan a los autores de la denostada literatura de autoayuda tiene una bonita versión del “depende”: …buena suerte, mala suerte pues…depende, a veces las crisis tienen estas bromas, nos obligan, a su manera, a replantearnos modos, palabras y vidas.

Yo espero, deseo, que todo esto nos sirva a una gran mayoría para darle más valor a todo aquello a lo que tan difícil es ponerle precio. Y hoy quizás sea más patente que nunca aquello de que la vida no siempre te trae lo que quieres, pero siempre, en su mágico devenir, te regala justo lo que necesitas. Aprendizaje. Para mí está siendo aprendizaje y agradecimiento que en mi afán proactivo, convierto en intenciones  y yendo más allá, en acciones. 

¿Por qué APRI?

– Frente a mi cotidianidad digital y para sentirme completa como ser humano, necesito el contacto con las personas y sentirme parte de una comunidad que comparte gustos, profesión y códigos, y sabernos todos juntos parte de algo importante para hacer frente a cosas importantes.

– Frente a la impostura y la abundancia de las fake news necesito poner identidad y sello a las palabras, autoría, auditoría y autoridad. Prestigio. Confianza.

– Frente a las prisas, a la “potestas” de lo inmediato y urgente frente a lo importante, necesito el espacio, el tiempo y la compañía para la reflexión y la altura de miras. 

– Frente al insulto, la soflama de la víscera, el grito o la provocación, necesito la calma de la palabra inteligente, el pensamiento leído y las buenas formas que además de serenidad transmiten con acierto lo mejor de nuestra humanidad.

– Frente al individualismo exacerbado, alimentado por la búsqueda de una falsa seguridad y autoestima, quiero sentirme parte de un grupo de personas que trabajan por el bienestar e interés común y que ponen lo mejor de sí mismas en ese objetivo.  

Somos seres sociales. Nuestra sociedad necesita de herramientas y plataformas que nos ayuden a progresar en los mejores términos. Creo que APRI y la gente que forma parte de la asociación son una palanca que aporta a ese fin. A humanizar estos tiempos difíciles fomentando relaciones sanas basadas en la confianza y el respeto, siendo facilitadores, comunicadores abiertos que conectan intereses lícitos, exploradores, buscadores de respuestas y soluciones de interés general, concitadores de la colaboración entre ciudadanos, empresas e instituciones en el adecuado marco ético y estético. Profesionales de las relaciones institucionales con mucho por hacer y por decir. Yo quiero ser parte de esa ola y llegar al top de mi personal pirámide de Maslow.

Mis razones para formar parte de APRI

Arturo Zamarriego, Senior Manager PwC en GRC (Governance, Risk & Regulation and Compliance). Experto en regulación financiera y educación financiera. Codirector de la obra colectiva “La sostenibilidad y el nuevo marco institucional y regulatorio de las finanzas sostenibles” (Thomson Reuters Aranzadi, 2021)

España tiene la opción de acceder a 140.000 millones de los Fondos Europeos de Recuperación, de los cuales 72.000 millones serán ayudas a fondo perdido. Con esta cuantía, es el segundo país más beneficiado, por detrás de Italia.

No es mi objetivo explicar la normativa y los procedimientos aplicables sino centrarme en la importancia de los asesores y de los lobistas para que estos lleguen a buen puerto. A diferencia de otras ocasiones, no solo se trata de aprovechar una oportunidad comercial por parte de estos profesionales, entre los que me incluyo, sino en poner a disposición los mismos en proyectos que nos ayuden a salir de una compleja crisis económica. Todos ganamos y todos perdemos.

¿Y por qué somos necesarios? Permítanme enumerar cinco funciones que explican nuestra utilidad en este proceso de asignación de fondos europeos:

  • Capacidad de discriminar los procesos que son estratégicos de los que no lo son. Los Proyectos Estratégicos para la Recuperación y Transformación Económica o PERTE son una nueva figura de colaboración público-privada entre Administraciones, empresas y centros de investigación con la que se identificarán aquellos proyectos estructurales con gran capacidad de arrastre para el crecimiento, el empleo y la competitividad de la economía española.
  • Seleccionar el mejor instrumento de distribución de los fondos, principalmente entre los propios PERTE, las subvenciones (licitaciones) o los contratos (convocatorias de concurrencia competitiva).
  • Ser punto de unión entre empresas, proponiendo acuerdos o colaboraciones que permitan concurrir a los fondos como mayores probabilidades de éxito.
  • Ser nexo de colaboración entre la Administración y las empresas para sacar el máximo provecho de las ayudas para la reconstrucción aprobadas por la Unión Europea.
  • Evitar fallos en el procedimiento que invaliden la solicitud. Los fondos pueden no llegar a su destinatario si a pesar de tener un proyecto susceptible de recibirlos, la empresa no cumple con el procedimiento o no explica bien su proyecto, entre otros.

Curiosamente, todo lo anterior no servirá de nada, si falla un atributo subjetivo:  si el lobista o el asesor no es honesto.

El país no se recuperará si los fondos se reparten inadecuadamente. Cabe la posibilidad de que los fondos acaben “en las mismas empresas de siempre”, donde su destino permita su viabilidad y no la reconstrucción del país (generación de empleo en actividades sostenibles y digitales principalmente). Gracias a los profesionales que tienen la función de intermediar entre los fondos y las empresas, este resultado puede evitarse. Sin ellos, el riesgo aumenta exponencialmente.

Nos jugamos mucho, las generaciones presentes y futuras dependen del papel de todos en la agilidad del reparto de fondos, pero más en asegurar un buen destino, y en ese rol, los lobistas y asesores son piezas fundamentales.

Carlos Parry Lafont,  Senior Manager de Public Affairs en la Federación Europea de Asociaciones e Industrias Farmacéuticas (EFPIA) y socio de APRI

Dejarme que aproveche esta oportunidad que me ofrece APRI para compartir unas reflexiones sobre la importancia de nuestra profesión y sobre como con nuestro trabajo podemos jugar un papel importante en la construcción de una sociedad mejor.

Seguramente con este artículo corro el riesgo de decir cosas que ya sabéis, pero me vais a permitir que incida en ellas porque a veces es bueno recordar cual es el valor añadido que aportamos desde nuestra profesión a las empresas u organizaciones en las que trabajamos y a la sociedad en general.

Cada uno de nosotros tiene una experiencia muy distinta, unos tienen mas experiencia en el sector público, otro más en el sector privado, y algunos en ambos, pero todos tenemos un denominador común somos capaces de entender y analizar el contexto social, económico y político en el que operamos y las distintas posiciones del ecosistema del que formamos parte.

Conocer y ser capaz de entender el contexto en el que operamos es básico para cualquier empresa u organización que quiera tener éxito en la sociedad del Siglo XXI. Un buen plan estratégico tiene que estar adaptado a la realidad de la sociedad en la que va a ser implementado.

Porque han cambiado los objetivos de las empresas, el objetivo de una empresa ya no es solo tener beneficios económicos, sino que también asumen la responsabilidad de ser agentes transformadores de la sociedad de la que forman parten. Y este cambio en el paradigma de la misión de una empresa lo cambia todo y hace fundamental que cuenten con expertos que conozcan bien el contexto en el que operan.

Las empresas tienen un propósito claro para transformar y mejorar la sociedad y nosotros somos una pieza imprescindible para cumplir los propósitos de las organizaciones en las que desarrollamos nuestro trabajo.

Nuestra responsabilidad como expertos en relaciones institucionales, no es solo saber hacer alianzas o comunicar las posiciones de nuestras empresas, sino ayudar a que nuestras empresas sean capaces de interpretar el entorno para que puedan ser verdaderas lideres de la transformación social.

Y la clave en nuestro trabajo es la empatía. Porque no es solo importante saber que queremos comunicar sino también saber escuchar lo que el otro quiere decir. Es vital que sepamos anticipar que espera la otra parte de nosotros para no convertir la discusión en un diálogo imposible.

Nuestra función es estratégica y tiene un impacto directo en los resultados de nuestras empresas. Sin un buen análisis de la situación y un plan de relacionamiento estratégico no hay plan estratégico que funcione.

Además de saber escuchar, también forma parte de nuestra responsabilidad la capacidad de establecer alianzas, en especial con el sector publico.

Desgraciadamente no siempre todo el mundo entiende la necesidad de la colaboración publico-privada, pero si queremos que nuestras empresas sean agentes del cambio social es fundamental que el sector público entienda que el camino del éxito es la colaboración publico-privada.

Que cada uno dentro de su área asuma su responsabilidad, no se trata de competir entre nosotros se trata de sumar esfuerzos para lograr que nuestras sociedades avancen y mejoren.

En nuestra historia, las grandes transformaciones sociales solo se han conseguido cuando todos hemos remado en la misma dirección. En 1992, no se hubiera conseguido organizar unos Juegos Olímpicos como los de Barcelona si la sociedad civil y las administraciones publicas no hubieran trabajado de la mano.

Pero no hace falta irse tan lejos, recientemente estamos viviendo otro claro ejemplo: el logro de las vacunas contra COVID19.

Este es uno de los mejores ejemplos de la importancia de esta colaboración publico-privada. En menos de doce meses se ha conseguido poner a disposición de los ciudadanos tres vacunas en Europa. El proceso se ha acortado de los diez-quince anos que normalmente se tarda en tener una innovación terapéutica a tan solo doce meses. Y este logro no ha sido casualidad.

Sigamos defendiendo el valor añadido que aportamos a nuestras empresas, y la necesidad de seguir transformando las sociedades en las que operamos, desde la colaboración publico-privada. No hay otro camino para construir un mundo más igualitario y justo.

Eduardo Hernández-Aznar Ripoll, Consultor internacional de relaciones institucionales y diplomacia corporativa y Director Ejecutivo de Crib Consulting

La palabra confianza que utilizaban los romanos “FIDES”, pertenecía a una de las tres virtudes públicas esenciales que para su cultura deberían ser compartidas por toda la sociedad. Ese pilar de hace más de dos mil años pronunciado en latín se reproduce hoy en nuestras lenguas actuales. Los anglosajones utilizan Trust, más acorde a su pragmatismo. Es corta, directa, efectiva, la latina evolucionó a confianza, la raíz del verbo fiar que a su vez procede de fidere – fides (lealtad, fe y confianza). Lo cierto es que la confianza sigue siendo hoy en día uno de los valores fundamentales no solo en nuestra vida cotidiana, sino también en nuestros quehaceres y negocios.

El desarrollo de la tecnología y el contexto tecnológico en constante innovación nos ha invitado a conformar un ecosistema imaginario donde aparentemente personas conectadas en todo el mundo, en base a segmentación de gustos, género o ingresos puede demandar y acceder a un conjunto casi ilimitado de productos y servicios. Un globalismo llevado al extremo. Un idealismo ambicionado especialmente por liberales para vender mejor, y, sobretodo vender más.

La confianza en ese contexto ideal, por supuesto no desaparece, está traducida al lenguaje universal de nuestro tiempo: El digital. De hecho, existe incluso una criptomoneda basada en un sistema contractual perfecto, denominada Ethereum donde se cumple un contrato de manera automática remunerando el servicio tan pronto es ejecutado. El activo reputacional de las organizaciones también juega un papel importante en aras de anhelar el milenario valor de la confianza, que se traduce en compromiso, fidelidad a largo plazo de clientes, consumidores, usuarios, acreedores y votantes.

La tendencia parece indicar que la tecnología va unida a la percepción de los demandantes sobre los oferentes. Muchos emprendedores plantean sus propuestas en base a ello, teniendo en cuenta la exponencialidad de sus iniciativas. Piensan que si un producto o servicio es lo suficientemente bueno y competitivo, el negocio será un éxito. 

Sin embargo, considero que ese aspecto puede servir… un tiempo. El largo plazo requiere de una confianza superlativa, basada en el trato humano, no somos robots que adquieren bienes y servicios, somos personas que confían en otras.

Aquí entra también el rol de las relaciones institucionales, un papel mucho más artesanal, alejado del automatismo pragmático, una faceta basada en el confidere clásico capaz de interpretar una realidad ajena a cualquier contexto o coyuntura y que permita una clarividencia humana combinada con la experiencia profesional previa. Una actividad fundamental que no conecta objetos o servicios sino que cultiva relaciones, contribuye a fortalecer el valor de la confianza y consolida nuevas vías de entendimiento que extrapolan cualquier momento histórico actual.

Como consultor internacional, especialmente vinculado a España y a América Latina, sé perfectamente que no todo es tecnológico, las oportunidades de inversión, la propia internacionalización de las organizaciones de un continente a otro, para la adquisición de servicios, propiedades, acciones, no basta sencillamente con las propuestas anteriores, sino requieren de la esencia etimológica de confianza, de FIDES, de la virtud pública esencial que ha vertebrado el comportamiento humano durante milenios. No somos más listos que los romanos, solo vivimos en otra época.

Pensamos a estas alturas del siglo XXI que inventamos la rueda cada día, que somos más sabios que nunca, más dinámicos, más acelerados, más innovadores y creativos, pero quizá estemos yendo demasiado deprisa. Posiblemente carezcamos de virtudes milenarias como la prudencia, la cautela o la reflexión necesaria para darnos cuenta que la confianza es un activo que se potencia con la coherencia en el día a día, la perseverancia, el rigor, la ejemplaridad como virtud imitable y la aportación de valor constante. Eso, no lo puede hacer un click, tampoco una promesa de valor eternamente virtual, pero si el contacto cercano de un profesional que hace lo que dice. Un semejante, otro ser humano que se esfuerza cada día por ser confiable para ganar el  compromiso de hoy y de mañana.